Con sus transparentes mares turquesa, cafetales y bosques nubosos, Panamá ofrece relajación y aventura a partes iguales.

Verano interminable

Con multitud de islas desiertas, tranquilo ambiente caribeño a un lado y olas enormes en el Pacífico al otro, Panamá ofrece lo mejor para la vida playera. Y al borde del agua comienza otro mundo, que se puede descubrir haciendo submarinismo con tiburones ballena en el Pacífico, buceando por los arrecifes multicolores de Bocas del Toro o navegando a vela por Guna Yala, cuyas islas vírgenes apenas han sido pisadas. Y mientras tanto los surfistas se obsesionarán por tener todas las olas de primera categoría para ellos. Esto es el paraíso.

Panamá cosmopolita

La costa de un azul cegador y los rascacielos relucientes recuerdan a Miami, aunque muchos comentan con guasa que se oye más inglés en Panamá. Ciudad de Panamá es dinámica y culturalmente diversa, rústica y sofisticada. Ya está listo el primer metro de América Central, el casco histórico está renovado y se acaba de completar una ampliación enorme del canal. Hay que ver lo más peculiar de la ciudad. Uno puede pedalear por las zonas verdes de la costa, explorar el casco viejo o asistir a una actuación vanguardista para darse cuenta de que esta capital tropical no ofrece solo salsa: esta no es más que un acompañamiento.

Al aire libre

En Panamá, la naturaleza hay que descubrirla. Se pueden explorar las ruinas de los fuertes españoles en la costa caribeña o adentrarse en territorios autóctonos en una canoa. La fauna es incidental: un resplandeciente quetzal en la senda de las tierras altas, un grupo rebelde de monos aulladores fuera de la cabaña o una ballena que emerge del agua y convierte el viaje en ferri en un acontecimiento lleno de adrenalina. El turismo de aventura incluye sobrevolar la selva, nadar junto a tortugas o hacer senderismo y contemplar las sublimes vistas de los bosques nubosos. Este pequeño país tropical con dos largas costas ofrece un gran lugar de recreo y aventura.

Aventura en un mundo perdido

No hay que llegar hasta Darién para salirse de los caminos trillados, aunque quien lo haga, habrá encontrado uno de los lugares con mayor biodiversidad del planeta. Hay que ir a los lugares agrestes: empaparse en la espuma de las altas cascadas cercanas a las tierras altas de Santa Fe; visitar uno de los siete grupos indígenas de Panamá; vivir las fantasías de ser un náufrago en Guna Yala o descansar en una playa virgen de la península de Azuero. Panamá puede ser todo lo salvaje que uno quiera.

Por qué me encanta Panamá

En un mundo donde están desapareciendo lo salvaje y las culturas autóctonas, Panamá, contra todo pronóstico, conserva intacta su esencia. Caminar por las selvas, ver tocar la conga y navegar entre islas tropicales es una maravilla y un deleite para los sentidos. La fauna es increíble, tanto en los lugares predecibles, como las aguas de la isla de Coiba, como en tramos de selva preservada a las afueras de la capital. Para mí Panamá es una convergencia: una explosión de naturaleza, culturas y creencias, en esa desordenada disposición musical que es la vida diaria en Latinoamérica. Toda esa energía alimenta al viajero, que verá el mundo de una forma nueva.